El escándalo que sacude al sistema de justicia dominicano llegó a su punto más crítico con la detención de Aurelio Valdez Alcántara, un fiscal que presuntamente convirtió su cargo en una máquina de extorsión. Lo que parecía un caso más de irregularidades administrativas se transformó en una trama de chantaje, negociaciones millonarias y exigencias de lujo que revelan la profundidad de la podredumbre institucional.
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La operación que condujo a su arresto no fue improvisada. Durante semanas, agentes especializados del Ministerio Público y la Procuraduría Especializada de Persecución de la Corrupción Administrativa (Pepca) montaron un dispositivo de vigilancia que incluyó una "entrega controlada" de dinero. El fiscal fue sorprendido con diez mil dólares en efectivo, una fracción de lo que exigía a cambio de manipular una investigación por fraude en el Seguro Nacional de Salud (ARS Senasa).
Todo comenzó el 13 de marzo en el estacionamiento de una plaza comercial del Distrito Nacional. Allí, Valdez Alcántara se reunió con Roberto Canaán, un testigo vinculado al caso de corrupción. Según la solicitud de medida de coerción, el fiscal utilizó información privilegiada sobre las propiedades y vínculos personales de Canaán para establecer "una posición de dominio" desde la cual operar.
En esa primera cita, el fiscal propuso explícitamente alterar el curso del proceso a cambio de dinero.
La negociación no tardó en escalar. La exigencia inicial fue de doscientos mil dólares, pero tras discusiones posteriores, el fiscal la redujo a ciento cincuenta mil. Sin embargo, el dinero no fue su único interés.
Valdez Alcántara mostró especial atención por un reloj Rolex y exigió la entrega de un vehículo de lujo, específicamente un Mercedes Benz 350 o 450, color negro. Incluso rechazó opciones más económicas como una camioneta Volvo o Mazda, insistiendo en el modelo de alta gama solicitado.
La presión no cesó
La presión no cesó. El 18 de marzo, el fiscal volvió a contactar a Canaán por teléfono. "¿Para cuándo está la cosa?
", le preguntó, estableciendo como fecha límite el 24 del mismo mes. La urgencia en su voz reflejaba no solo la ambición personal, sino también la confianza en su impunidad. Sin embargo, las autoridades ya tenían todo controlado.
El desenlace llegó el 27 de marzo. Esa tarde, Valdez Alcántara llamó nuevamente a Canaán y le pidió reunirse en otra plaza comercial, específicamente en el área de parqueos del cuarto piso. El fiscal llegó convencido de que recibiría el pago del soborno exigido.
Pero lo que encontró fueron agentes listos para detenerlo en flagrante delito.
Este caso no solo expone a un fiscal corrupto, sino que también pone en evidencia las vulnerabilidades del sistema judicial. ¿Cuántos otros funcionarios operan con la misma impunidad? ¿Qué tan profunda es la red de complicidades que permite que prácticas como estas se repitan sin control?
La detención de Valdez Alcántara es un golpe simbólico contra la corrupción, pero también una advertencia: la justicia dominicana no puede permitirse el lujo de ignorar estas prácticas. La ciudadanía exige transparencia, y el Ministerio Público debe demostrar que está dispuesto a depurar sus filas, sin importar el rango o la influencia de los implicados.
📰 Fuente: diariolibre.com





