El Eco de una Risa que Ya No Suena

En un barrio donde las tardes solían iluminarse con su sonrisa, ahora solo queda el silencio. Una joven de 20 años, llena de sueños y energía, fue arrebatada en un instante que destrozó no solo una vida, sino un entramado familiar entero.

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Su partida no solo dejó un vacío; encendió una llama de dolor y reclamo que aún arde en quienes la conocieron.

los guaricanos: El Eco de una Risa…

Era domingo por la tarde cuando la tranquilidad del sector Los Guaricanos se quebró. En el lugar donde solía caminar con confianza, donde atendía a sus clientas y compartía risas con vecinas, la violencia irrumpió sin aviso. El hombre con quien había compartido años, desde su adolescencia, se convirtió en la última persona que la vio con vida.

Para su familia, aquel momento no solo marcó un final; desató una herida que aún no cicatriza.

En su casa, las paredes guardan el eco de sus pasos apurados, de sus bromas, de sus consejos. Era la menor de tres hermanos, pero asumió un rol mucho mayor del que le correspondía por edad. Entre risas y trenzas, entre recargas de teléfono y comidas improvisadas, se convirtió en el sostén emocional y, a veces, económico de su madre.

"Ella no se metía con nadie", repite Altagracia, su madre, con la voz rota. "Si me veía discutiendo, se ponía guapa conmigo… no le gustaba que yo peleara con la gente".

Esa forma de ser, tranquila y protectora, era su marca.

Había terminado el bachillerato, se graduó de un curso de cosmetología y soñaba con ingresar a la universidad. Mientras trazaba su futuro, atendía por citas en su casa, ofreciendo servicios de trenzas, postura de pelucas y tintado de cejas y labios. Era emprendedora, decidida.

"Esa era su ambición", recuerda su tía Odaliza. "Siempre quería hacer de todo. Me decía: ‘Tía, yo voy a poner un local’".

En el barrio la conocían como "la Sierva", un apodo que hablaba de su cercanía, de su forma de ser "pegajosa con todo el mundo", de esa cercanía que se gana sin esfuerzo.

Desde que su padre falleció, hace…

Desde que su padre falleció, hace tres años, Randielis se había convertido en un pilar para su madre. "Esa era la muchacha que me estaba ayudando a mí en la vida", confiesa Altagracia. "A veces le decía: ‘ponme una recarga’, y ella me la ponía…

‘ella me decía, voy ahorita a llevarte algo’". Esas pequeñas atenciones, esas demostraciones de amor cotidiano, son las que ahora duelen como puñaladas.

En el barrio, donde vivió parte de su vida, la recuerdan como una luz. "Esa niña, uno la vio nacer; era tan alegre, tan contenta", repite su tía entre lágrimas. "Aquí todo el mundo era loco con esa muchacha".

Y no solo allí: también en Los Guaricanos, donde su risa y su forma de ser dejaron una huella imborrable.

Ahora, entre los familiares que la lloran, crece un reclamo: justicia. Porque Randielis no era solo un nombre en una noticia; era una hija, una sobrina, una amiga, una soñadora. Era la muchacha que iluminaba las tardes con su presencia, que soñaba con un local propio, que planeaba su futuro mientras sostenía el de los suyos.

Y aunque su risa ya no suene en las calles, su recuerdo sigue encendido, como una llama que se niega a apagarse.

📰 Fuente: diariolibre.com