La playa de Guayacanes muestra este mediodía un panorama poco habitual: un silencio casi absoluto roto únicamente por el sonido de las olas y la brisa marina. La Semana Santa, tradicionalmente asociada a aglomeraciones y fiesta, parece haber tomado este año un cariz distinto en este balneario del este dominicano.
Viernes Santo: Un Viernes Santo sin Bullicio…
El ambiente solitario contrasta fuertemente con los recuerdos de quienes llevan décadas trabajando en la zona. Franklin Rivera Zapata, mesero con años de experiencia, recuerda cómo en los viernes santos de los noventa la playa era un hervidero de actividad. "A esta hora ya estaba abarrotada de gente, llegaban autobuses con cientos de personas en las llamas giras", explica.
Según su testimonio, las firmas licoreras solían montar puntos de promoción, la música llenaba el ambiente y la energía era constante.
Esa dinámica ha cambiado notablemente. Los vendedores de yaniqueques, bollos y pescado frito coinciden en que nunca habían vivido un año tan flojo. La ausencia de música, la restricción en la venta de bebidas alcohólicas y los horarios limitados para permanecer en la playa han transformado la experiencia.
"La gente, cuando va a la playa, quiere buscar un ambiente", señala Rivera Zapata, atribuyendo la merma de visitantes a las medidas restrictivas y al mensaje de prohibición que se ha transmitido.
El control gubernamental se evidencia en el despliegue de seguridad: policías, militares, miembros de la Defensa Civil y la Cruz Roja patrullan la zona de manera visible. Mientras algunos lo interpretan como una precaución necesaria, otros lo viven como una limitación a su actividad económica.
Rafael Zapata de la Cruz, otro…
Rafael Zapata de la Cruz, otro trabajador de la playa, expresa su frustración de manera más vehemente. Sin poder reproducir literalmente sus palabras, su molestia se dirige directamente a la ministra de Interior y Policía, Faride Raful, y al actual gobierno. "Antes la playa a esta hora ya estaba llena, pero gracias a ellos la playa no sirve", afirma, anticipando que quizás tendrán que consumir ellos mismos los productos que normalmente vendían a los visitantes.
Sin embargo, no todos comparten esta perspectiva. Para quienes buscan precisamente lo que hoy ofrece Guayacanes, el panorama es ideal. José Valdez, disfrutando de la playa junto a su familia, valora positivamente la ausencia de bullicio.
"El que viene a la playa viene a bañarse, a pasar un momento en familia; no viene a una fiesta", comenta. Incluso sugiere que le gustaría que este ambiente se prolongara más allá del Viernes Santo.
La comparación con playas cercanas resulta inevitable. En Juan Dolio, a poca distancia, el ambiente es notablemente distinto. Aunque también predomina la tranquilidad y no hay música alta, la concurrencia de visitantes es mayor, creando un término medio entre el bullicio tradicional y el silencio de Guayacanes.
Este inicio de jornada podría marcar la tendencia para el resto del día, dejando en evidencia cómo las medidas restrictivas han transformado una de las tradiciones más arraigadas de la cultura dominicana. Mientras algunos claman por el retorno de la fiesta, otros celebran en silencio un Viernes Santo diferente, demostrando que incluso en tiempos de cambio, la playa sigue siendo un espacio de encuentro, aunque con ritmos y reglas distintas a las del pasado.
📰 Fuente: diariolibre.com






